Por: Fredys Leonel Martínez Pastrana
José Saramago, en Ensayo sobre la ceguera, no describe una catástrofe biológica, sino una tragedia profundamente política y ética: una sociedad
que pierde la capacidad de reconocerse como comunidad. La ceguera que plantea el autor no es la ausencia de visión, sino la renuncia consciente a reparar en el otro, a asumir responsabilidad colectiva frente al dolor, la injusticia y el abuso del poder. En la Honduras actual, esta metáfora
adquiere una vigencia inquietante.
Vivimos en una sociedad donde la ideología dominante, propia del modo de producción capitalista ha logrado naturalizar la desigualdad, el
individualismo y la subordinación. No se impone únicamente por la fuerza, sino por la repetición constante de discursos que justifican la precariedad como algo inevitable y presentan las decisiones del poder como únicas o necesarias. Así, el pueblo ve el deterioro institucional, la fragilidad de los derechos humanos y la persistencia de la pobreza, pero muchas veces no logra transformar esa visión en acción consciente.
El actual gobierno, al igual que los anteriores, no puede analizarse únicamente por sus discursos o promesas, sino por la forma en que ejerce
el poder. La imposición política no siempre se manifiesta mediante la represión directa; con frecuencia opera a través de la administración del
desencanto, la fragmentación social y el control simbólico. Cuando el Estado no garantiza plenamente derechos fundamentales, salud,
educación, empleo digno, participación real, pero exige obediencia y paciencia, se consolida una forma moderna de dominación.
Saramago advierte que la peor ceguera es aquella que no se reconoce como tal. En Honduras, esa ceguera social se expresa cuando amplios sectores del pueblo terminan defendiendo estructuras que los oprimen, o cuando la injusticia se percibe como un problema individual y no como resultado de relaciones históricas de poder. La pobreza deja de ser una cuestión política y se transforma en culpa personal; la exclusión deja de ser estructural y se convierte en falta de esfuerzo.
Desde esta lógica, el sufrimiento colectivo se vuelve invisible. Las comunidades rurales, los trabajadores informales, las mujeres, los jóvenes
y los pueblos originarios siguen sosteniendo la economía y la vida social, pero permanecen ausentes de las decisiones estratégicas del país. Se
gobierna sin reparar en ellos, como si su voz fuera prescindible.
No obstante, Ensayo sobre la ceguera también ofrece una lección ética fundamental: ver implica responsabilidad. Quien conserva la capacidad de
análisis crítico no puede limitarse a observar. En el contexto hondureño, esto interpela a educadores populares, organizaciones sociales, defensores de derechos humanos, iglesias, universidades y ciudadanos conscientes. No basta con identificar los problemas; es necesario nombrarlos, comprenderlos y enfrentarlos colectivamente. La lucha no es solo contra un gobierno específico, sino contra una forma de
organización social que reproduce la exclusión. Desde una perspectiva crítica, la transformación real no surge de la imposición de una nueva élite,
sino del fortalecimiento de la conciencia popular, la organización comunitaria y la construcción de lo común. La historia latinoamericana
demuestra que los cambios duraderos no se sostienen sin participación activa del pueblo.
En Honduras, recuperar la vista significa romper con la indiferencia, cuestionar los relatos oficiales y reconocer que los derechos no son
concesiones del Estado, sino conquistas sociales. Significa también entender que la unidad popular no se decreta: se construye desde la
solidaridad, el diálogo y la confianza mutua, incluso en medio de la frustración y el cansancio.
Saramago nos recuerda que una sociedad ciega es fácilmente gobernable, pero profundamente injusta. Por ello, el desafío actual no es únicamente político, sino ético y cultural. Mientras el poder se imponga sin escuchar y el pueblo vea sin reparar, la ceguera continuará. Pero cuando la ciudadanía decide mirar con conciencia y actuar en colectivo, incluso la oscuridad más densa comienza a resquebrajarse.
Honduras no necesita más discursos vacíos ni promesas recicladas. Necesita lucidez, memoria histórica y compromiso social. Porque cuando un pueblo aprende a ver de verdad, ningún poder logra sostenerse únicamente sobre la ceguera.